THE CRAWFORD & PEPINO EXPERIENCE
Boquerones, sardinas, chocos fritos…
Hijas, nada mejor que unos buenos manjares en la playita para recomponer fuerzas y volver a la realidad, que en nuestro caso tampoco es que sea muy dura que digamos.
Así, el sábado, tras los desfiles de la mañana, Pepino y yo, en agradable compañía, disfrutamos del sol y la brisa en la Caleta, donde rememoramos a Halle Berry saliendo del agua en “Muere otro día”, que se rodó en esa playa con Teófila Martínez como extra, o eso dice al menos la leyenda urbana.
Tras degustar los frutos del mar y tener alguna charla malvada acerca del mundo de la moda y sus parásitos, volvimos al hotel dónde nos cambiamos por segunda vez de ropa, que los modelitos que llenaban nuestras maletas había que lucirlos. Ya con el traje de faena, nos dirigimos, en taxi por supuesto, a la pasarela de la tarde, que nos esperaba con grandes y buenas sorpresas.
Para empezar, el raso brillante y vivaz de Juan Vidal, que nos transportó a un mundo desaparecido, el de la “maisons” de la moda parisina de los cuarenta y cincuenta, donde ante todo, primaba la belleza, la elegancia y el glamour. Cortes clásicos y colores vibrantes para una colección, que a pesar de los cinturones de pedrería que rompían la armonía del conjunto, nos alegró la vista a todos. Y es que muchas veces una prefiere un buen trench que tanta modernidad futurista.








Hablando de modernidad, nadie mejor para ejemplificarla que el segundo de los diseñadores que sorprendieron a nuestras pupilas en la calurosa tarde gaditana.




Con la inmaculada carpa transformada en una sinagoga, Gori de Palma mostró su nueva colección en la que se presentó a una mujer muy masculina en líneas rectas y el negro más puro. La transgresión llegó en forma de sombreros y coletitas que convertían a las modelos en jovencitas sacadas de una clase de yiddish.




Y es que, aunque nada nuevo se pueda contar en la moda, siempre queda ser iconoclasta, sino que se lo digan a David Delfín.
No sé si iconoclasta, pero provocador fue el desfile de Roberto Diz desde el principio. Una respiración fuerte alteró al público presente que, atónito, contempló una colección atemporal, clásica pero moderna, que bebía tanto de Bowie como de Yves Saint Laurent. Desde trajes de cocktail hasta monos para show de revista, Roberto Diz mostró su maestría con una puesta en escena oscura y visceral que acompañó con un video no muy agradble en el que se veía un cambio de sexo. Y con la alcadesa de Cádiz, la simpar Teófila, como espectadora de lujo. Muy fuerte.





Ese fue el punto y final a una pasarela bastante ecléctica en la que se pudo ver lo mejor y lo peor de la vanguardia española. Sólo nos queda esperar para ver que es lo que finalmente triunfa. Aunque las chonis van a seguir vistiendo de Pimkie, eso que quede claro.
Chonis o no, a todos nos gusta una fiesta. Por eso, nada mejor para acabar la jornada con un “sarao maravillao” en un palacio decadente y decimonónico en el que parecía que los zombies de “Thriller” iban a salir de un momento a otro.






Modelos, diseñadores y modernas andaluzas que conocían todos y cada uno de nuestros movimientos por el Valle de los Caídos, lo dieron todo hasta altas horas de la mañana en una fiesta como tantas otras donde el principal protagonista fue Johnnie Walker.
Con resaca y ojos enrojecidos, asistimos al día siguiente al showroom “Mivestidoazul”, donde algunas se dejaron los cuartos comprando la ropa que habían visto sobre la pasarela en los días anteriores. Nosotras no nos gastamos mucho la verdad, y es que tendemos más hacia lo vintage, que es muy de Madrid.






Un evento que sirvió de broche de oro para un festival impensable aquí hace unos años y que esperemos sea referente y base para muchos más.























